Gary.
Gary, el caracol, es amigo mío. ¿No me crees? Aquí cuento cómo lo conocí y cómo terminó siendo la estrella invitada en Bird: El inglés volando. La historia es más o menos como sigue.
Gary llega a casa:
Era el típico día bonito y soleado de primavera. Llegas a casa con la más absoluta despreocupación, coges tu llave, miras para abajo y ¡Anda! ¡Un caracol en el escalón! Y no uno chiquito, ¡uno casi tan grande como un huevo!
Perplejidad.
«Vale, no te puedes quedar aquí o alguien te pisará. Te vienes a mi patio.»

La vida de Gary:
Este tipo había tenido suerte. Tenía un bonito patio lleno de plantas casi para él solo. Siempre había algún otro caracol por allí, y se puede decir que Gary era un caracol bastante… normal. Solo que más grande.
Se pasaba meses muy bien escondido en algún sitio. Salía cuando iba a llover. Cuando alguno de nosotros lo veía merodeando, lo anunciaba rápidamente: «Gary está fuera, ven a verlo antes de que se esconda otra vez. ¡Y! ¡Cuidado de que no se empiece a comer las petunias y los pensamientos!» Tenías que ser rápido para impedírselo.
Por su tamaño, lo podías ver con facilidad. Venía muy bien para no pisarlo.
***
ADVERTENCIA, contenido sensible:
Me ha ocurrido que he atropellado algún caracolito… Si lo has aplastado, bueno, qué pena, pero se acabó. Así es la vida. Si lo has dejado medio aplastado, la eutanasia es necesaria (un segundo pisotón).
***
El accidente de Gary:
Había algo que yo tenía que hacer que tenía que ver con el patio. Abrí la puerta y escuché un crujido. La cerré y la abrí otra vez. Un segundo crujido. Ese día había estado comiendo almendras en el patio, pero no veía ningún trocito por allí. Miré detrás de la puerta… Qué horror… ¡Gary! Se estaba moviendo con la mitad de su concha rota. Pobrecito. Y yo no tenía ni la menor idea de qué hacer. Intenté cogerlo, pero se cayó al suelo.
Su cuerpo estaba bien, era «solamente» la concha. Lo lavé con todo el cuidado que pude y lo puse en una fiambrera grande con unas hojas de lechuga.
La recuperación de Gary:
Estos animales son milagrosos. Después de unos días, su concha estaba creciendo otra vez. Increíble. Si hubiese sido una grieta pequeña, a lo mejor ni nos habríamos dado cuenta de dónde había sido. Pero esto era un agujero muy grande, entonces el remiendo no era tan perfecto…
Después de una semana estaba muchísimo mejor. Lo llevamos de vuelta al patio, deseándole lo mejor.
Las lecciones de Gary:
Se recuperó. Desde este incidente, me interesé por los caracoles y aprendí muchas cosas: Lo que comen, lo que no, el hecho de que algunos puedan vivir hasta los 20 ó 30 años, sobre sus órganos internos (hay un corazón, un cerebro, un pulmón, un riñón…) y sobre su sexualidad.
Son tan sensibles que ni te lo creerías. Se pasan horas besándose y acariciándose. Todo es tan tierno…
Una mañana lo encontré en medio del patio durmiendo junto a un amigo. Él/Ella y él/ella.
Les puse una hoja grande por encima para que no se los comiera un pájaro. Por lo menos no en ese momento.
Pequeños Garys:
Nacieron pequeños Garys. Tres, cinco, siete, montones. Les «compramos» billetes de ida para la mayoría de ellos. Creo que los pájaros en el parque de por allí cerca tuvieron un desayuno especialmente bueno una o dos veces.
El final de la historia:
Cuando nos mudamos, no nos olvidamos de nuestro caracol. De alguna manera era nuestro amigo. Los caracoles no te escuchan, no muestran felicidad de verte; pero no podíamos dejarlo atrás. Lo trajimos pegado a la loza donde él estaba estivando. Lo puse al lado mío en el coche.
Yo estaba reacia a soltarlo en el nuevo patio. Era más bien un pequeño jardín, con paredes más bajas y muchos pájaros…
Lo vi dos o tres veces más.
Se lo conté a mi nueva vecina, pero ella no lo había visto. Un día llamó a mi puerta, preguntándome que si el que tenía en la mano era Gary. Pero no era. La concha remendada de Gary era inconfundible.
Epílogo:
Estoy casi segura de que no se perdió. Él se podía ir a otros patios parecidos en nuestro vecindario anterior, pero eligió quedarse con nosotros por alguna razón. Nosotros lo podíamos haber dejado en casa en alguna especie de terrario, pero decidimos dejarlo libre.
Creo que ahora entiendes por qué hay un caracol, Gary, aquí y allá en Bird: El inglés volando.
¿Qué pienso yo? Haz amigos, sin importar su especie.




